—¿El guía es un nildor?

—¿Quiere decir un nativo? No, señor Gundersen, es un terráqueo. —Revisó una serie de impresos—. Se llama Van Beneker y debió de estar aquí como mínimo media hora antes del aterrizaje de la nave, de modo que no comprendo por qué motivo…

—Van Beneker nunca fue muy puntual —comentó Gundersen—. Pero allí está.

Un coleóptero muy oxidado y manchado a causa del clima se había detenido en la entrada abierta del edificio apeándose de él un hombre bajo y pelirrojo, también sumamente oxidado y sucio por el mismo motivo. Llevaba un arrugado traje de faena y botas altas hasta las rodillas. Su pelo raleaba y su calva bronceada brillaba entre los escasos mechones aplastados. Entró en el edificio y miró a su alrededor, parpadeando. Sus ojos eran de color azul claro y ligeramente hipertiroideos.

—¿Van?—preguntó Gundersen—. Por aquí. Van.

El hombrecillo se acercó. Mientras aún estaba lejos de los turistas, dijo de manera apresurada y superficial:

—Quiero darles la bienvenida a Belzagor, nombre con el que ahora se conoce el Planeta de Holman. Me llamo Van Beneker y les mostraré de este fascinante planeta todo lo que está legalmente permitido y…

—Hola, Van —interrumpió Gundersen.

El guía se detuvo en medio del discurso, notoriamente irritado. Volvió a parpadear y miró con atención a Gundersen. Por último preguntó, aunque incrédulamente:

—¿Señor Gundersen?

—Sólo Gundersen. Ya no soy su jefe.

—¡Cielos, señor Gundersen! ¿Ha venido a hacer el recorrido?

—No exactamente. He venido a hacer mi propio recorrido.

Van Beneker se dirigió a los demás:

—Quiero que me disculpen un momento. —Luego dijo a la azafata de la línea espacial—: Está bien. Puede traspasármelos oficialmente. Me hago responsable. ¿Están todos aquí? Uno, dos, tres… ocho. Perfecto. Bueno, el equipaje sale por allí, junto al coleóptero. Dígales que esperen. Enseguida me reuniré con ellos. —Cogió del brazo a Gundersen—. Venga por aquí, señor Gundersen. No se imagina lo asombrado que estoy. ¡Cielos!



6 из 195