
En el edificio del puerto espacial no había nadie. Algunos robots que formaban parte del equipo homeostático reparaban la pared lejana, donde las láminas de plástico gris habían sucumbido a la invasión de esporas: tarde o temprano, la podredumbre de la selva se apoderaba de todo en esa zona del planeta. Pero ésta era la única actividad visible. No había oficina aduanera. Los nildores carecían de ese tipo de burocracia. No se preocupaban por lo que uno llevaba a su mundo. Los nueve pasajeros fueron sometidos a una inspección de aduana en la Tierra, poco antes de iniciar el viaje; la Tierra se preocupaba enormemente por lo que se llevaba a planetas subdesarrollados. Tampoco había allí oficina de las líneas espaciales, ni cabinas para cambiar dinero, ni quioscos de periódicos, ni ninguna de las demás instalaciones que normalmente se encuentran en un puerto espacial. Sólo existía un enorme cobertizo vacío, que antaño había sido el nexo de una activa avanzada colonial, en la época en que el Planeta de Holman pertenecía a la Tierra. Gundersen creía ver fantasmas de aquella época a su alrededor: figuras con ropa tropical de color caqui que transmitían mensajes, comisionados que esgrimían inventarios, técnicos en computadoras adornados con guirnaldas de perlas de la memoria, porteadores nildores cargados de productos listos para embarcar. Ahora todo estaba quieto. Las raspaduras de los robots de reparación retumbaban en el vacío.
La azafata de la línea espacial se dirigió a los ocho pasajeros.
—El guía llegará en cualquier momento. Los llevará al hotel y…
Se suponía que Gundersen también iría al hotel, aunque sólo fuese por esa noche. Esperaba organizar por la mañana algún tipo de transporte. No había hecho planes formales para su viaje hacia el norte; sería, esencialmente, una improvisación, un reconocimiento de su pasado. Preguntó a la azafata:
