
—Van, ¿cómo lo ha pasado?
—Piojosamente mal. ¿De qué otro modo podría ser en este planeta? ¿Cuándo se fue exactamente?
—En el 2240. El año siguiente a ¡a retirada. Hace ocho años.
—Ocho años. ¿Y qué ha hecho desde entonces?
—La oficina central me encontró trabajo —respondió Gundersen—. Estuve activo. Ahora dispongo de un año de permisos acumulados.
—¿Para pasarlo aquí!
—¿Por qué no?
—¿Para qué?
—Iré a la región de las brumas —explicó Gundersen—. Quiero visitar a los sulidores.
—No es posible que quiera hacer eso —aseguró Van Beneker—. ¿Para qué lo haría?
—Para satisfacer una curiosidad.
—Cuando un hombre sube a esa región sólo surgen problemas. Señor Gundersen, usted conoce los rumores al respecto. No necesito recordarle cuántos muchachos fueron y cuántos no regresaron. —Van Beneker rió—. ¿No habrá venido hasta aquí para saludar a los sulidores? Apuesto cualquier cosa a que tiene algún otro motivo.
Gundersen pasó por alto la cuestión.
—Van, ¿qué hace aquí actualmente?
—La mayor parte del tiempo de guía turístico. Recibimos nueve, diez grupos anuales. Los paseo por el océano, les muestro algo de la región de las brumas y luego visitamos el Mar de Polvo. Es un bonito recorrido.
—Sí.
—El resto del tiempo me relajo. Hablo mucho con los nildores y a veces visito a los amigos en las estaciones de monte. Conocerá a todos, señor Gundersen. La gente que sigue allí es la misma de antes.
—¿Qué ha pasado con Seena Royce? —preguntó Gundersen.
