
Aterrizaron. La plataforma colgante de red de espuma se disolvió al emitirse una señal. Salieron de la nave.
El aire transportaba el hedor tropical: marga sustanciosa, hojas podridas, los excrementos de las bestias selváticas, la fragancia de flores aromáticas. Corrían las primeras horas de la tarde. Un par de lunas habían salido. Como de costumbre, la amenaza de lluvia pendía de la atmósfera; probablemente había un noventa y nueve por ciento de humedad. Pero esa amenaza casi nunca se materializaba. Las tempestades de lluvia eran excepcionales en la franja tropical. El agua caía permanente e imperceptiblemente del aire en forma de gotitas y uno quedaba cubierto de diminutas perlas húmedas. Gundersen vio la luz de los relámpagos más allá de las copas de los árboles situados al borde de la pista. Una azafata reunió a las nueve personas que acababan de desembarcar.
—Por aquí, por favor —dijo con decisión y los condujo hacia el único edificio.
Tres nildores surgieron del monte por la izquierda y observaron con solemnidad a los recién llegados. Los turistas quedaron boquiabiertos y los señalaron con los dedos.
—¡Miren! ¿Los ven? —gritaron—. ¡Son como elefantes! ¿Se trata de los nili… nildores?
—Sí, son los nildores —confirmó Gundersen.
El olor de los grandes animales dominaba el claro. Gundersen dedujo por el tamaño de los colmillos que se trataba de un macho y dos hembras. Tenían casi la misma altura, más de tres metros, y la piel de color verde oscuro que los caracterizaba como nildores del hemisferio occidental. Unos ojos tan grandes como cuencos lo miraron con poca curiosidad. La hembra de colmillos cortos que tenía delante alzó la cola y liberó plácidamente una gran cantidad de excrementos purpúreos y humeantes. Gundersen oyó sonidos graves y confusos, pero a esa distancia no pudo distinguir lo que decían los nildores. Imagínalos dirigiendo un puerto espacial, pensó. Imagínalos dirigiendo un planeta. Pero es lo que hacen, pero es lo que hacen.
