—No se trata de asuntos comerciales —aclaró Gundersen—. Asuntos personales, asuntos pendientes. Algo que no pude descubrir mientras estuve de servicio aquí —la luz de señales volvió a parpadear, con más insistencia—. Tendrá que disculparme. Ahora debemos ir a nuestras plataformas colgantes.

Caminó hasta su cabina y se preparó para el aterrizaje. La red de espuma salió a chorros de los compartimientos hiladores y lo envolvió. Cerró los ojos. Percibió el empuje de la disminución de velocidad, esa sensación extrañamente arcaica que se remontaba a los primeros días de los viajes espaciales. La nave descendió hacia el planeta mientras Gundersen se balanceaba, suspendido y protegido de lo más abrupto del cambio de velocidad.

El único puerto espacial de Belzagor era el que los terráqueos habían construido hacía más de un siglo. Se alzaba en los trópicos, en la desembocadura del gran río cuyas aguas se fundían con las del único océano de Belzagor. El río Madden, el océano de Benjamini… Gundersen ignoraba los nombres que los nildores les daban. Por fortuna, el puerto espacial era automático. Ingeniosos aparatos hacían funcionar la baliza de aterrizaje; un equipo homeostático de vigilancia mantenía asfaltada la plataforma y cortaba la selva circundante. Todo, absolutamente todo se hacía por medio de máquinas; era irreal esperar que los nildores hiciesen funcionar un puerto espacial e imposible mantener allí a un grupo de terráqueos con tal fin. Por lo que Gundersen sabía, aún vivían en Belzagor alrededor de cien terráqueos, incluso después de la retirada general, pero no estaban en condiciones de hacer funcionar un puerto espacial. De todos modos, existía un tratado. Las funciones administrativas serían cumplidas por los nildores o no se realizarían.



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