
—Belzagor —dijo—. Es un sonido voluptuoso, ¿verdad? Se desliza agradablemente por la lengua.
La pareja de turistas que estaba a su lado en la sala de la nave asintió con la cabeza. Aceptaban de buena gana todo cuanto Gundersen decía.
El marido, rollizo, pálido y vestido con excesiva elegancia, preguntó:
—Aún lo llamaban Planeta de Holman cuando usted estuvo por última vez aquí, ¿no es así?
—Sí —replicó Gundersen—. Pero eso fue en los buenos y viejos días imperialistas, cuando un terráqueo podía poner a un planeta el nombre que se le ocurriera. Esas cosas ya están liquidadas.
La esposa del turista apretó los labios con su estilo poco convincente, económico y dismenorreico. Gundersen experimentaba un sórdido placer al fastidiarla. A lo largo de todo el viaje había interpretado deliberadamente para esos turistas un papel de personaje de Kipling: el de ex administrador colonial que va a ver qué chapuza brutal estarán haciendo los nativos de la tarea del autogobierno. Era una exageración, una distorsión de su verdadera actitud, pero a veces le gustaba ponerse máscaras. Los turistas —ocho en total— le consideraban con una mezcla de respeto y desdén mientras charlaba con ellos: un hombre corpulento y de piel clara con el sello de la experiencia extra terrestre grabado en las facciones. No despertaba sus simpatías y desaprobaban la imagen que daba de sí mismo, pero sabían que había sufrido, trabajado y luchado bajo un sol extraño y esto le confería un halo de romanticismo.
—¿Se hospedará en el hotel? —preguntó el marido turista.
—No. Iré al monte, hacia la región de las brumas. Mire…, allí está, ¿lo ve? En el hemisferio norte, esa franja de nubes a mitad de camino. La pendiente de temperaturas es muy abrupta: el trópico y el ártico prácticamente se juntan. Bruma. Niebla. Lo llevarán de paseo por allí. Tengo algunos asuntos en esa zona. —¿Asuntos? Creí que estos mundos nuevos e independientes estaban al margen de la zona de penetración económica que…
