Robert Silverberg

Regreso a Belzagor

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Finalmente, Gundersen había regresado al Planeta de Holman. No sabía con certeza por qué había vuelto; quizá por una atracción irresistible, por sentimentalismo o por necedad. Nunca había pensado en visitar ese sitio otra vez. Pero ahí estaba, a la espera del aterrizaje, y en la pantalla visora el planeta aparecía lo bastante cerca como para asirlo y apretarlo con una mano: un planeta ligeramente más grande que la Tierra, un planeta que había exigido lo mejor de su vida, un planeta en el que había descubierto cosas acerca de sí mismo que, en realidad, no deseaba saber. Ahora la luz de señales de la sala parpadeaba en tonos rojizos. La nave aterrizaría en breve. A pesar de todo, él regresaba.

Divisó el manto de bruma que cubría las zonas templadas, los grandes y extensos casquetes de hielo y la ceñida franja negro-azulada de los trópicos resecos. Recordó el cruce del Mar del Polvo durante un llameante crepúsculo, un viaje silencioso y sombrío por el río bajo los emparrados de agitadas hojas lanceoladas, y evocó cócteles dorados en la terraza de una estación de la selva la Noche de las Cinco Lunas, con Seena a su lado y un rebaño de nildores mugiendo en el monte. Eso había ocurrido hacía mucho tiempo. Ahora los nildores volvían a gobernar el Planeta de Holman. Gundersen tuvo dificultades para aceptar la nueva situación. Quizá fuera éste el verdadero motivo por el cual había retornado: para ver qué tipo de gestión eran capaces de cumplir los nildores.

—Atención, pasajeros de la sala —se oyó a través del altavoz—. Dentro de quince minutos entraremos en la órbita de aterrizaje de Belzagor. Por favor, dispónganse a regresar a las plataformas colgantes.

Belzagor: ahora llamaban de este modo al Planeta de Holman. Belzagor: el nombre nativo, la palabra de los nildores. A Gundersen le parecía un término extraído de la mitología asiria. Por cierto, se trataba de una pronunciación romántica; dicho por un nildor, en realidad sonaría Billsgrr. Pero era Belzagor. Se esforzaría por llamar al planeta según el nombre que ahora tenía, siempre que fuera eso lo que debía hacer. Siempre hacía lo posible por no ofender innecesariamente a seres extraños.



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