A su manera torpe y vacilante, los ocho turistas repitieron sus movimientos y la caravana emprendió el camino del río hacia el hotel. Las polillas nocturnas emitían un leve resplandor bajo el dosel de los árboles. Una tercera luna había aparecido en el cielo y las luces mezcladas penetraban a través del follaje, mostrando el río oleoso y veloz que corría a la izquierda de ellos. Gundersen se colocó en la retaguardia del cortejo ante la eventualidad de que algún turista sufriera un accidente. Sin embargo, sólo hubo un momento difícil, cuando uno de los nildores se detuvo y abandonó la fila. Hundió las puntas triples de sus colmillos en la orilla del río para desenterrar un bocado y después volvió a su sitio. Gundersen sabía que otrora eso no habría sucedido. Entonces no se permitía que los nildores tuviesen caprichos.

Disfrutó de la cabalgada. El vaivén producido por el veloz trotecillo resultaba placentero y no fatigaba a los pasajeros. Qué buenas bestias son los nildores, pensó Gundersen. Fuertes, dóciles e inteligentes. Estuvo a punto de estirarse para acariciar las púas de su montura pero en el último momento llegó a la conclusión de que parecería un movimiento protector. Los nildores no son elefantes estrafalarios, se recordó. Son seres inteligentes, la forma de vida dominante de su planeta, un pueblo, y será mejor que no lo olvides.

Poco después Gundersen percibió el estrépito del oleaje. Se acercaban al hotel.

El sendero se ensanchó hasta convertirse en un claro. Más adelante, una de las turistas señaló con el dedo hacia el monte; su marido se encogió de hombros y meneó la cabeza. Cuando llegó a ese sitio Gundersen vio qué era lo que les preocupaba. Unas sombras negras se agazapaban entre los árboles y las oscuras figuras se movían lentamente de un lado a otro. Apenas resultaban visibles en la penumbra. Cuando el nildor de Gundersen pasó por allí, dos de las formas difusas se asomaron y se detuvieron al borde del sendero.



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