
—No les molesta —explicó Van Beneker—. Les gusta hacernos favores. Así se sienten superiores. De todas maneras, apenas notan que llevan un peso encima. Y no creen en que haya algo vergonzoso en permitir que las personas los monten.
—Mientras estuve aquí, tuve la impresión de que eso los ofendía —dijo Gundersen.
—Desde la retirada se toman todo con más calma. De todas maneras, ¿cómo puede estar seguro de lo que pensaban? Me refiero a lo que pensaban realmente.
Los turistas se alarmaron ligeramente ante la idea de montar a los nildores. Van Beneker intentó serenarles y les explicó que era una parte importante de la experiencia en Belzagor. Además, agregó, las máquinas se desmoronaban y apenas quedaban coleópteros que funcionaran. En beneficio de los temerosos recién llegados, Gundersen mostró cómo se debía montar. Golpeó el colmillo izquierdo del nildor y éste se arrodilló con su estilo mastodóntico, dobló pesadamente las rodillas delanteras y después las traseras. El nildor sacudió los hombros, los dislocó para formar la profunda depresión redondeada en la que una persona podía montar cómodamente y Gundersen subió, cogiendo los cortos cuernos curvados hacia atrás como si fueran pomos. La cresta erizada de púas que recorría el centro del ancho cráneo del nildor comenzó a crisparse. Gundersen reconoció en ese movimiento un gesto de bienvenida; los nildores poseían un rico lenguaje gestual, que no sólo hacía uso de las púas sino también de sus trompas largas y pegajosas y de sus orejas de muchos pliegues.
—¡Sssukh!—dijo Gundersen y el nildor se levantó.
—¿Estás bien sentado? —preguntó el nildor en su propio idioma.
—Perfectamente —respondió Gundersen y sintió una oleada de placer cuando el lenguaje no olvidado surgió de sus labios.
