
Una mujer se volvió cautelosamente y preguntó a Gundersen:
—¿Qué son?
—Sulidores, la especie secundaria. Provienen de la región de las brumas. Éstos son norteños.
—¿Son peligrosos?
—Yo diría que no.
—Si son animales norteños, ¿por qué están aquí? —inquirió e marido.
—No lo sé con certeza —replicó Gundersen. Preguntó a su montura y supo la respuesta—. Trabajan en el hotel —gritó a los que cabalgaban más adelante—. Botones, ayudantes de cocina.
Le pareció extraño que los nildores hubiesen convertido a los sulidores en criados domésticos de un hotel para terráqueos. Los sulidores no fueron utilizados como criados ni siquiera antes de la retirada. Claro que entonces habían contado con suficientes robots. El hotel se alzaba al frente. Estaba en la costa: una brillante cúpula geodésica que no mostraba señales exteriores de decadencia. Antes de la retirada, había sido un elegante balneario para uso exclusivo de los altos ejecutivos de la Compañía. Gundersen había pasado allí muchas horas felices. Desmontó y en unión de Van Beneker se dispuso a ayudar a los turistas. En la entrada del hotel se encontraban tres sulidores. Van Beneker hizo unos gestos enérgicos en dirección a ellos y los bípedos comenzaron a retirar el equipaje de la bodega de almacenamiento del coleóptero.
En el interior del hotel, Gundersen percibió de inmediato los síntomas de decadencia. Una alfombra de musgo atigrado había rebasado una franja de jardín decorativo para deslizarse a lo largo de la pared del vestíbulo y ya llegaba a las hermosas losas negras del suelo del salón principal; vio las boquitas dentonas que chasqueaban esperanzadas a medida que caminaba.
